Bienvenidos a la calma, bienvenidos a Laos

Monje estudiando en el monte Phou Si. Luang Prabang

Monje estudiando en el monte Phou Si. Luang Prabang

El primer recuerdo que tengo de la existencia de Laos como país es de cuando era pequeña. Mis padres me regalaron un libro muy ilustrativo sobre el embarazo y los bebés. En él había unas imágenes de como las madres de los diferentes países del mundo llevan o cargan a sus bebés. Y la imagen de una mujer con el pecho al descubierto porteando un bebé a sus espaldas llamó mi atención, debajo estaba escrito ‘Laos’.

Nunca había oído ese país antes, pero ese dibujo quedó en mi memoria para siempre.

Más de 20 años después tomé un autobús en Hanoi, Vietnam, dirección Vientiane, capital de Laos.

Templo adjunto a Pha That Luang. Vientiane

Templo adjunto a Pha That Luang. Vientiane

Después de 24 horas llegaba a la capital más tranquila del mundo, o así es como se la conoce. Aturdida por el largo viaje, hambrienta, casi sin fuerzas y ausente de curiosidad, subí a una camioneta en la estación de autobuses para que me llevara al centro de la ciudad. La primera persona que vi era una mujer porteando a su bebé con una tela. Automáticamente vino a mi mente la imagen del libro que leí de pequeña. Estaba en Laos, y esa imagen de la mujer y su hijo me estaba indicando que era cierto. A pesar del cansancio no paré de mirar a esa mujer en todo el trayecto, una mujer humilde, joven pero dañada por una vida dura, imagino. Pero una mujer que adoraba a su bebé, no paró de preocuparse de él en todo el rato.

Que gratificante es poder descubrir con nuestros propios ojos y poder pisar con nuestros pies esas tierras que nos quedan tan lejanas cuando estamos en nuestra casa y las vemos casi inalcanzables.

Campos de arroz en Vang Vieng

Campos de arroz en Vang Vieng

Pha That Luang. Vientiane

Pha That Luang. Vientiane

No tenía muchas ganas de ver Laos, no voy a mentir. No había nada que me llamara la atención. Sabía que “tenía que verlo” por estar tan cerquita y haber visitado tres de sus países vecinos, así que después de un mes muy intenso en Vietnam pensé que quizás me iría bien un poco de tranquilidad en el país vecino. Eso sí, se acercaba mi cumpleaños y no me atraía la idea de celebrarlo sola (eso pensaba).

Pero cuantas veces nos equivocamos en nuestras suposiciones. ¡Laos me aportó tanto!

Conocí a mucha gente, continuamente (hasta el punto de echar de menos estar sola), volví a conectar con la gente local (Vietnam me había dejado mal sabor de boca), vi mucho muchísimo verde y comí de maravilla (bueno, en Asia en general se come de fábula).

Sólo estuve en tres lugares así que no pretendo aconsejar sobre qué ver o no ver en el país del millón de elefantes, simplemente puedo decir que vale la pena verlo, tiene un encanto muy particular.

'Cama' que compartí en el bus nocturno a Luang Prabang

‘Cama’ que compartí en el bus nocturno a Luang Prabang

Templo Haw Pha Bang en Luang Prabang

Templo Haw Pha Bang en Luang Prabang

Al día siguiente de haber llegado a Vientiane tomé un bus nocturno dirección a Luang Prabang donde me tocó compartir cama (¿se le puede llamar cama a una tabla de madera?) con un chico que no conocía de nada. Fue bastante incómodo, más por el hecho de estar rozándome durante 12 horas con un desconocido que por la dureza de la cama. Pero el sueño y las ganas de aprovechar el día siguiente pudieron más y conseguí dormir. Con el chico no intercambié ni palabra pero si conocí un chico marroquí al bajar del autobús con quien decidí buscar alojamiento una vez llegados a la preciosa Luang Prabang.

Encontramos un hostel muy barato así que allí nos quedamos, y fue la mejor elección ya que al minuto ya conocimos a un montón de gente con quien nos fuimos a conocer la cascada Tad Sae, una exuberante escalera de niveles color turquesa donde nos bañamos y comimos. Con ese mismo grupo de gente compartí excursiones, cenas y mi cumpleaños.

Me incomodaba la idea de pasar mi cumpleaños sola, y no porque necesite de estar con gente, pero si porque cumplía 30 años, lejos de casa y se me hacía triste imaginarme cenando sola y sin nadie con quien compartir aunque fuera una cerveza. Pero ese grupo de gente, sin ser ellos conscientes, hicieron que mi cumpleaños fuera muy especial, fuimos a un bar de moda donde tomamos unas cervezas y algún que otro cubata (¡hacía siglos que no tomaba uno!) y después a la bolera, donde conocí a más gente estupenda, de Nueva Zelanda, de Australia, de Chile…

Fue una noche de risas, alegría y mucha diversión, y al final lo que menos importó fue el juego ya que perdí estrepitosamente en todas las partidas.

Cascada Tad Sae

Cascada Tad Sae

Delicioso buffet vegetariano en Luang Prabang

Delicioso buffet vegetariano en Luang Prabang

Pasé seis días en Luang Prabang, visité también las cascadas Kuang Si y la cueva Pak Ou, la cual no me impresionó pero solo por el hecho de cruzar el río para acceder a ella valió la pena. Al lado de la cascada Kuang Si hay un refugio de osos rescatados de la cruel industria de la extracción de bilis. Estos osos pasan hasta casi 30 años en jaulas diminutas donde no pueden ni moverse.

Luang Prabang es una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad y está repleta de templos; los visité casi todos junto con el museo del Palacio Real. El calor era muy intenso así que en más de una ocasión me permití el lujo de darme un buen masaje, y es que son baratísimos.

Por las noches cenaba en el mercado, donde por un euro hay buffet libre de comida vegetariana, deliciosa. Cada noche comía con gente distinta aunque coincidí bastante con SangHwa, una chica coreana que había vivido en España y con quien hice muy buenas migas y otra coreana, ChuHee. Después de las cenas tocaba pasearse por el mercado nocturno donde, si no fuera porque ni mi economía me lo permite ni mi mochila tampoco, hubiera comprado de todo. Es uno de los mercados más bonitos que he visto en Asia.

Vista desde lo alto de la cascada Kuang Si

Vista desde lo alto de la cascada Kuang Si

Mercado nocturno de Luang Prabang

Mercado nocturno de Luang Prabang

Uno de los seis días que estuve en Luang Prabang me tocó madrugar más de la cuenta, y es que no quería perderme uno de los acontecimientos que han dado más fama a esta localidad, la ceremonia de entrega de limosnas o tak bat en la cual los monjes descalzos salen de sus templos para recibir las ofrendas que les dan los fieles, normalmente arroz glutinoso y alguna chocolatina. Todos ellos en fila india van poniéndolo todo en sus cuencos metálicos y regresan al templo, esos alimentos serán los que comerán durante el día.

En Luang Prabang tuve la oportunidad, también, de hablar con varios monjes, o ex monjes. Muchos niños de aldeas pobres de las montañas se convierten en monjes durante varios años para tener acceso a una educación y a una mejor calidad de vida. Pasados unos años algunos deciden dejar los hábitos y regresar a ‘su vida normal’. Por eso es común ver a monjes niños o muy jóvenes.

Monjes durante el 'tak bat' en Luang Prabang

Monjes durante el ‘tak bat’ en Luang Prabang

Monjes estudiando. Vang Vieng

Monjes estudiando. Vang Vieng

Después de Luan Prabang me fui a Vang Vieng, un destino que me sorprendió.

Hace unos años Vang Vieng era conocido por el tubing (lanzarse río abajo con un neumático gigante mientras ibas parando de bar en bar) y por la cantidad de mochileros que solo venían a eso. Hubo muchos muertos por embriaguez y por los peligros del río y el gobierno ordenó cerrar la mayoría de bares. Actualmente queda muy poco de todo eso.

Vang Vieng para mí significó tranquilidad. En el autobús conocí a un fotógrafo chino, Miao, que viajaba por Asia para fotografiar a la gente local, sobre todo a los más pobres o a colectivos marginados o con dificultades. Hicimos amistad y una tarde le acompañé a un poblado donde entramos en las casas y charlamos con la gente (más bien hicimos mímica ya que no hablamos laosiano). Él sacó fotos de las personas en sus rutinas diarias, yo aproveché y saqué alguna también, pero lo que más me gustó fue poder ver de cerca como trabaja un fotógrafo profesional y ver cómo vivían las familias que visitamos.

Mi alojamiento en Vang Vieng no podía ser mejor. Me hospedé en un bungalow con vistas al río y por un precio muy bajo. A pesar de tener compañeros de habitación (insectos y arañas) el lugar era perfecto para relajarse. Además conocí a unos alemanes con quienes alquilé una motocicleta y fuimos al Blue Lagoon, un lugar que no era nada del otro mundo y de azul tenía poco. Eso sí, los paisajes hasta llegar allí, así como algunos poblados de la etnia Hmong (donde algunas mujeres iban con el pecho al descubierto) hicieron que pasáramos un día estupendo.

Niña en un puente de Vang Vieng

Niña en un puente de Vang Vieng

Niños con sus gatitos. Vang Vieng

Niños con sus gatitos. Vang Vieng

Finalmente volví a la capital, Vientiane, seguí en compañía de Miao, el fotógrafo chino. Visitamos COPE, una organización que ayuda a todas las víctimas de las miles de bombas que aún están explotando en Laos, el país más bombardeado de la historia. Allí se pueden ver, entre otras cosas, prótesis de piernas, brazos, manos y pies que son usadas por todos los mutilados por las bombas. Justo al lado hay un colegio para sordos, en el cual también estuvimos.

Vientiane es una ciudad agradable bañada por el río Mekong en una de sus orillas. En la otra está Tailandia. Al lado del río se realizan muchas actividades, como aerobic gratuito al atardecer, el mercado nocturno o sesiones de fotos, como la que me hizo Miao una tarde. Tenía que aprovechar el hecho de tener un amigo fotógrafo 😉

En Vientiane pasé algunas tardes en cafeterías, tomando café con hielo, una bebida a la que me he enganchado, creo que para mitigar el intenso calor. Aun así tuve tiempo de visitar el Buddha Park, el Pha That Luang, una estupa budista recubierta de oro y que es uno de los símbolos de la ciudad y el Patuxai, el arco de triunfo de la ciudad, además de varios templos.

Pero todo llega a su fin, así que después de 17 días en Laos había que partir.

De Laos me llevo su verde, su tranquilidad, la sonrisa y el buen carácter de sus gentes, el colorido de las ropas, los cielos azules, su naturaleza, las carreteras casi inaccesibles, los preciosos templos budistas… en definitiva, me llevo paz, calma y el saber que existe un país aislado entre montañas donde la prisa no existe y la sonrisa es el bien más preciado que tienen.

Buddha Park en Vientiane

Buddha Park en Vientiane

Prótesis en COPE. Vientiane

Prótesis en COPE. Vientiane

Niño sordo en clase. Vientiane

Niño sordo en clase. Vientiane

Buffalo descansando. Vang Vieng

Buffalo descansando. Vang Vieng

Vang Vieng

Vang Vieng

A punto de tomar la barca para ir a la cueva Pak Ou. Luang Prabang

A punto de tomar la barca para ir a la cueva Pak Ou. Luang Prabang

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4 comentarios en “Bienvenidos a la calma, bienvenidos a Laos

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